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Maratón de Boston: una aventura azarosa

Maratón de Boston: una aventura azarosa

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Maratón de Boston: una aventura azarosa

David Contreras

Desde que escribo esta crónica imagino por dónde y cómo empezar el relato (o el proceso) de haber corrido el maratón anual más antiguo del mundo. El maratón de Boston significa mucho en muchos sentidos. Entre ellos y más importante es el cómo definirlo en una sola palabra para quien lo corre. Creo que Boston es… azaroso.

Para aventurarse en la mítica ruta de esa gran ciudad no es fácil la clasificación. Al menos para el contingente amateur, ya que se requieren tiempos estandarizados acorde a edad, categoría y rama. Y como en un maratón todo puede pasar, los intentos en otros maratones certificados pueden ser varios, por lo que estos procesos conllevan disciplina y mucha paciencia. Es así como el maratón de Boston se vuelve un reto competitivo que se vive con más intensidad desde la salida del pueblo de Hopkinton.

Un inconveniente que le sucede a muchas personas (en mi caso así fue) ocurre con el proceso de inscripción. Las dificultades empezaron cuando el pago de la tarjeta no se procesó. No podía proclamarme como aspirante a correr si no se registraba el pago, una inconsistencia que otros compañeros corredores no vivieron. Ahí empieza la aventura azarosa para mí: decidí mandar un correo al contacto de la organización en el que explicaba la situación. Checaba el correo y nada… fui paciente, pero una parte de mí se resignaba y contemplaba el escenario de otro año más sin ir al maratón de Boston, el tercero que correría a mis 35 años. 

Como era un volado que me contestaran, pensé, en un evento tan grande donde miles de personas estarían pidiendo información o explicando diferentes situaciones, decidí inscribirme al maratón de Mesa, Arizona. Transcurrieron casi dos meses y a principios de enero, por azares del destino decidí eliminar el correo spam porque tenía la bandeja casi a tope. Lo pude haber hecho con un clic, pero no. Entré a la carpeta y había un correo con fecha 29 de diciembre en el que la organización del evento mandaba un enlace para realizar el pago. No lo creía, era algo que había dado por perdido, era la respuesta a la incertidumbre. Ya estaba ahí, cambiar todo, cambiarme del maratón al medio maratón en febrero (en Phoenix), platicarlo con el entrenador para los ajustes necesarios.

Se llegó la fecha, el medio maratón de Phoenix sería la escala adecuada, pero me tocó surfear en una de las olas de la pandemia del COVID. Músculos rígidos, tos, dolor de cabeza, fiebre de dos días y con algunos de los miedos más primigenios a cuestas, se canceló la posibilidad. Una vez recuperado la revancha sería en el Medio Maratón de Hermosillo, un mes después. Recuperé la condición y me colé en el tercer puesto general, no podía tener mejor envión anímico que eso cuando Boston estaba a la vuelta.

La emoción de la proximidad del gran evento siempre trae los clásicos “miedos pre-mara”. Esta vez no fue la excepción, me tomó por sorpresa una infección en la garganta una semana después del medio maratón. Inició con lo que pensé sería una alergia por el cambio estacional. De nuevo, suspender entrenamientos, recuperarme bien, ya que había quedado una tos que provocaba más enfado que malestar físico. De cualquier manera, el entrenamiento estaba casi concluido y me sentía fuerte para el maratón. 

Llegó el día de partir, con tres días previos a la competencia con una escala en Phoenix con una bonita familia que nos recibió —a mi compañero de equipo, Mario y Vero su esposa, a quienes agradezco mucho sus atenciones— y lanzó sus mejores vibras al partir. 

La travesía más azarosa estaba por ocurrir, un maratón del que te pueden decir muchas cosas, pero hasta que las conocidas deidades en el argot de corredores cobran factura y llega el ‘trónix, puedes hablar con más autoridad. Nota personal y mental: sirven mucho los tips de quienes ya lo han corrido, para quien lea esto, tómenlos en serio.

Dos días antes en la expo en las calles alrededor de la meta, se sentía un ambiente entusiasta. La gente daba lo mejor de sí en el trato, intercambios de palabras cálidas, amables. Se advierte la grandeza de una ciudad por ello y su diversidad. Estamos ante una fiesta, hay mucha música y el ambiente más sano para correr, aunque el clima multipolar y loco de Boston diga todo lo contrario. También el entusiasmo se debe porque las mujeres correrían la 50 edición desde que rompieron la brecha desde 1972 para inscribirse. Ahí estuvieron las históricas de esa época, entre ellas Kathrine Switzer.

El día clave

Olvidé algunas cosas, como no llevar abrigo a la salida, del cual te tienes que deshacer. Me impresionó sobremanera ver escarcha en el zacate de la carpa donde se resguardaba toda la gente. Esperé con paciencia y con el sol en la espalda, no sentía tanto frío, pero sí sentí que debí desayunar un poco más, ya que lo había hecho muy temprano (5 AM), cuando el maratón se corre a las 10 AM. En ese inter, vi a una corredora de Hermosillo, Claudia Mercado, a quien no tenía el gusto de conocer, y titubeaba si la saludaba, ¿y si no es? Pensé. Para sorpresa, ella se acercó y estuvimos platicando, me convidó un snack que subsanó ese plus energético que necesitaba. ¡Claudia: muchas gracias!

El comienzo de la ruta es algo difícil, es demasiada gente, aunque esté separada por bloques y cada uno salga con 25 minutos de diferencia. El primer kilómetro es un poco desesperante, pero hay que guardar la calma, buscar no tropezarse, tomar una orilla. Es de bajada y no hay que confiarse, hay subidas en medio. Mientras tanto la gente apoya de manera efusiva: you got this, Pushing up, Never give up, Good job. Nunca había visto tanta gente apoyar así, no había orilla de la ruta en la que no hubiera gente gritando. Escucho en varias ocasiones I’m Shipping up to Boston de los Dropkick Murphys, también una banda de adolescentes interpretando Born to be Wild de Steppenwolf. Miles de niñas y niños buscando chocar la mano, una cara de Will Smith en un cartón lista para recibir slaps de quien deseara. Gente con una pancarta que llevaba la foto de sus mascotas con un mensaje de apoyo.

Pasamos los primeros 10 kilómetros, todo va bien. Llego a los 15 kilómetros, los 21 y pasó la mitad de la carrera a 1 hora con 21 minutos, voy reservado, me siento bien, fuerte, aunque el sol empieza a calar. La pared de la prueba de Filípides espera, empiezo a ver gente ‘tronada’ en medio de la calle y orillas, alguien vomitando, otro orinando, colapsado y sin fuerzas, empieza a el famoso ‘tronix’ del maratón, donde todas las personas son iguales, les pasa a atletas de élite también, ¡imaginen al grosor de todo el contingente! No desisto, pero llega un dolor en el talón derecho, se me engarrotan las piernas, paro un poco, me tambaleo. El sufrimiento comienza, voy arriba del kilómetro 30. Algo tengo muy claro, voy a terminar sí o sí. Sé que el tiempo que esperaba hacer ya se fue, sólo queda terminar. 

Me sostengo de las porras que echa la gente, estoy cerca, me duele todo y la meta no se ve. No recuerdo exactamente cuántas veces se dobla en esquina durante la ruta (dos quizá), así iba, un poco fuera de mí y con la inercia de llegar a la meta. Recuerdo verla, acelero lo que puedo, pero también se me engarrotan los isquiotibiales, no hay reserva para cierre, no es un 5 k, ni 10, ni 21. Cruzo la meta, minutos después me llama una reportera con acento caribeño, me hace algunas preguntas, no recuerdo qué le contesté (risas), no podía articular bien, sólo sé que dije que era de Hermosillo, Sonora, México. Me siento, devoro un plátano y electrolitos, terminé en 3:05:01, me cae el 20 y me siento muy contento por todo ¿Que si volveré? ¡Pero claro que sí! Habrá revancha.


31 veces maratonista. Récord personal 2:46:02. Récord máster (40 años y más) 2:56:38. Maestro en Mercadotecnia, Lic. Ciencias de la comunicación y entrenador certificado USA Triathlon, RRCA, Lydiard Method.